El espíritu de consenso en la Unión Europea muestra signos de desgaste. Cuando Vladimir Putin decretó la invasión a Ucrania a finales de febrero, los 27 cerraron filas y acordaron sanciones al Kremlin. Pero las medidas para forzar una retirada de las tropas rusas llevaron a una disparada de los precios de los alimentos y la energía, mientras los países más afines a Moscú, como Hungría, o lo más perjudicados por la dependencia del petróleo y el gas de Rusia, demoraron la aprobación de ciertas decisiones.

Es lo que ocurrió con el sexto paquete de sanciones: a cambio de conservar su unidad, la UE dejó a Hungría, Eslovaquia y República Checa al margen del embargo petrolero. Sin esa excepcionalidad, habría quedado al descubierto la falta de unanimidad. Los principales líderes europeos entienden la situación y por eso están aplicando una estrategia de acercamiento vis-à-vis con Putin.

El presidente francés Emmanuel Macron y el canciller alemán Olaf Scholz hablaron el fin de semana con el mandatario ruso para convencerlo de destrabar la salida de buques cerealeros ucranianos del mar Negro, una vía que también explora Recep Tayyip Erdogan. Incluso lo instaron a abrir el diálogo con el gobierno ucraniano, después de que ambos dirigentes abandonaran la retórica combativa de las primeras semanas de la guerra.

“Francia y Alemania no quieren más guerra, por la crisis alimentaria, energética y por miedo a un escenario de contagio. Un entendimiento queda muy lejos porque para Rusia y Ucrania se trata de una guerra de supervivencia. Y tampoco hay una gran potencia que quiera mediar. EEUU quiere desangrar a Rusia y China e India no han condenado ni siquiera la invasión. Hay que descartar de momento un alto el fuego”, dice a LPO Pablo Del Amo, historiador por la Universidad Complutense de Madrid y analista internacional. 

Con todo, un plan de pacificación es esencial si Bruselas quiere descomprimir los efectos de la guerra en la vida diaria de los europeos. Días antes de la conversación con Scholz y Macron, Putin atendió el teléfono a Mario Draghi. El primer ministro italiano planteó el tema de una crisis alimentaria inminente y el presidente ruso le respondió que todo queda supeditado a las sanciones impuestas por Bruselas.

Italia ha sido uno de los países más renuentes al boicot energético por el impacto que tendría en su industria, lo que explica por qué Draghi es el dirigente más entusiasta con la posibilidad de terminar la guerra. En Roma ya tienen lista una propuesta de paz que incluye a la ONU, la UE y la Organización para la Seguridad y la Cooperación en Europa (OSCE), y Draghi llegó a unirse a su par húngaro Viktor Orbán para presionar al Consejo Europeo sobre la exigencia de un alto el fuego en Ucrania.

La UE ha rebajado sus propias directrices al permitir a las empresas energéticas del continente a pagar el gas ruso en euros, luego de que Putin cortara la provisión a Polonia, Bulgaria y Finlandia. Europa busca proveedores alternativos y apuran la transición hacia las renovables, aunque los tiempos conspiran en contra los esfuerzos. Como señaló LPO, las compañías del sector de Alemania, Austria, Francia, Hungría, Italia, República Checa, Eslovaquia y Eslovenia abrieron cuentas en Gazprombank con autorización de Bruselas.

Esta actitud contrasta con la de Polonia y los países bálticos, históricamente adversos a Rusia. Varsovia, al igual que Budapest, podría haberse acogido a la excepcionalidad dentro el embargo petrolero a Moscú, pero lo rechazó en pos de seguir aumentando la presión sobre los socios del bloque. A diferencia de Francia o Alemania, Polonia se refiere a Putin como criminal de guerra y define las acciones rusas en Ucrania de genocidio, en línea con la administración Biden y el presidente ucraniano Volodimir Zelenski.

“Siempre ha habido esa división respecto a Moscú”, señala Del Amo. “Polonia es hostil y Hungría es más cercana a Rusia. Pero Polonia ha ganado mucho peso, es uno de los más implicados en la guerra por el apoyo a Ucrania y el país que más refugiados ha recibido. La Comisión Europea va a aprobar el fondo de recuperación polaco a cambio de unas reformas muy cosméticas. Polonia es ahora un Estado miembro importante dentro de la UE”, continúa.

Paradójicamente, y luego de las discrepancias públicas entre Varsovia y Bruselas -poco antes de la guerra se sugirió un posible “Polexit”-, el gobierno polaco es el principal respaldo de la línea dura de Ursula von der Leyen. Pese a que Francia, Alemania e Italia apelan a los acuerdos dentro la UE, la titular de la Comisión Europea observa que estos países están ejerciendo una política propia guiada por sus intereses.

El presidente de Polonia, Andrzej Duda, cruzó a Scholz por la demora en el envío de los blindados para reemplazar aquellos que Varsovia está entregando a Ucrania, a través de un mecanismo que le permite al Ejército polaco modernizar su capacidad militar. Duda habló de decepción y desconfianza, apuntando directamente a la posición ambigua que viene desplegando Scholz desde el inicio de la invasión. Estonia, Lituania y Letonia tampoco creen que Alemania esté interesada en pegarle demasiado a Putin.

Las dificultades para aprobar el último paquete de sanciones, y en particular las concesiones, son bastante elocuentes para las autoridades de la UE. “Esta ruptura lleva tiempo fraguándose. Además de Hungría hay otros países que no quieren avanzar en las sanciones, pero les han presionado más, como es el caso de Austria”, apunta el analista. 

Macron, Scholz y Draghi se preguntan si las sanciones tienen el efecto buscado sobre la economía rusa y hasta cuándo soportará la población europea los daños colaterales de la guerra. La inflación está comiendo sus ingresos y la prescindencia de los hidrocarburos rusos compromete el crecimiento de los países del bloque.

Los dirigentes de Francia, Italia y Alemania no adhieren a la “línea Kissinger”, que insinúa sin eufemismo una cesión territorial en favor de Rusia, pero coinciden con el exsecretario de Estado norteamericano en que mayores humillaciones a Putin en el terreno militar podría terminar por cronificar el conflicto en la zona, pero esta vez más allá del Donbás.   

Putin juega con el desgaste y compra tiempo para consolidar la posición de sus tropas en el Donbás ocupado, a la vez que reabre los canales de comunicación con los líderes europeos y obliga a sus clientes a pagar indirectamente el gas en rublos. Pedro Sánchez pasó de calificar la masacre de Bucha de genocidio a admitir este martes la necesidad de dialogar con Putin. Es un cambio de perspectiva y también una adaptación a las circunstancias. En Bruselas saben que a medida que se prolongue la guerra será cada vez más difícil mantener el consenso.

El presidente francés Emmanuel Macron junto al titular del Consejo Europeo, Charles Michel, y al primer ministro italiano Mario Draghi.

Fuente: elcomercial.com